Aplicando la extinción en consulta: dificultades prácticas

Ya sabemos que nuestra actuación terapéutica no consiste sino en aplicar los principios de aprendizaje para alcanzar los objetivos terapéuticos que consensuamos con nuestros usuarios. Y muchas veces nos lanzamos a esta aventura sin tener unos conocimientos suficientemente sólidos acerca de los principios de condicionamiento clásico y operante que suponen la base de todo lo que hacemos.

Mi objetivo en este post es centrarme específicamente en el procedimiento de extinción aplicado a la clínica psicológica (que es el ámbito en el que me desenvuelvo, aunque sin duda lo que explicaré aquí se puede aplicar a otros ámbitos y por supuesto en nuestra vida cotidiana). Para ello, recordaré algunos de sus aspectos clave y qué dificultades solemos encontrarnos durante su aplicación en consulta. Y es que la extinción puede parecer sencilla a simple vista y se le suele dedicar menos atención que a los procedimientos de reforzamiento o de castigo (aunque también estos dan mucho de qué hablar y dan lugar a muchos errores). Pero es mi experiencia que si no se maneja adecuadamente puede dar lugar a problemas mayores, abandonos terapéuticos e incluso resistencia en procesos terapéuticos posteriores, de modo que cada vez resulte más y más difícil ayudar a la persona a hacer frente a su demanda.

Extinción operante: repasando las bases

En primer lugar, recordemos que el término extinción se aplica tanto en el paradigma de condicionamiento clásico como en el operante, aunque mi objetivo es ceñirme a este último. Cuando hablamos de extinción clásica nos estamos refiriendo a romper la relación entre el estímulo incondicionado y el estímulo condicionado, presentando este último de manera independiente del primero, de manera que deje de elicitar la respuesta condicionada.

Cuando hablamos de extinción operante nos referimos al procedimiento mediante el cual una respuesta operante que estaba siendo reforzada deja de estarlo (deja de presentarse el reforzador de manera contingente a la aparición de la respuesta), de manera que dicha respuesta operante reduce su frecuencia hasta su desaparición.

Pues bien, centrándonos en esta última es importante recordar varias características:

  1. La extinción representa una relación de contingencia nula. En cambio, cuando una respuesta operante está reforzada existe una relación de contingencia positiva. Pero esta relación de contingencia no tiene que ser de 1, es decir, no es necesario que el reforzador se presente TODAS y cada una de las veces que se emite la respuesta. Aquí estaríamos hablando de programas de reforzamiento intermitente de distinto tipo (vs. reforzamiento continuo). Y recordemos que cuando una respuesta está sometida a un programa de reforzamiento variable (el reforzador se obtiene, en promedio, cada n emisiones de la respuesta, pero no sabemos con exactitud cuál será el ensayo reforzado en concreto) decimos que la respuesta se vuelve más insensible a la extinción, es decir, serán necesarios más ensayos de extinción (en los que NO se presenta nunca el reforzador) para conseguir que deje de emitirse la respuesta. En otras palabras, si no somos sistemáticos con la extinción podemos creer que extinguimos cuando en realidad lo que estamos haciendo es implementar, sin querer, un programa de reforzamiento variable que paradójicamente hará más resistente la respuesta que queremos eliminar.
  2. Estallido de respuesta: una característica que es ESENCIAL que tengamos muy presente siempre que implementemos cualquier procedimiento de extinción es el estallido o pico de respuesta. Se trata del fenómeno por el cual si una respuesta estaba sometida a reforzamiento y retiramos el mismo, en un primer momento la respuesta no solo no se reducirá sino que aumentará, no solo en frecuencia sino probablemente en intensidad e incluso adoptará morfologías diferentes o aparecerán comportamientos de tipo agresivo en un intento del organismo por acceder al reforzador
  3. Recuperación espontánea: se trata de otro fenómeno importante que implica que incluso cuando ya aparentemente ha desaparecido la respuesta que queremos eliminar, es posible que vuelva a resurgir en algún momento, “como si el organismo estuviera tanteando a ver si hay suerte y vuelve a estar disponible el reforzador”. Otro fenómeno que es importante anticipar.

Implicaciones prácticas en consulta y errores frecuentes

Bien, pues una vez repasada la teoría, veamos qué implicaciones tiene esto en el trabajo en consulta. 

En primer lugar, es importante que tengamos presente lo siguiente: cuando hablamos de extinción se nos suelen venir a la cabeza automáticamente casos infantiles (p. ej., el prototípico de extinción de rabietas). Pero la extinción es uno de los procedimientos básicos que aplica cualquier analista de conducta (y que aplicamos en nuestro día a día seamos o no conscientes de ello), con lo cual nos vamos a encontrar aplicando este procedimiento en todo tipo de demandas y problemáticas. Es más, muchas veces el error consiste precisamente en que no aplicamos la extinción. Nos empeñamos en explicar (o sermonear, muchas veces reforzando) o directamente en castigar respuestas (o creer que castigamos, pero sin éxito, que es lo más frecuente), cuando el problema está en que esa respuesta que queremos eliminar está mantenida por una serie de contingencias que, o no nos hemos parado a identificar, o simplemente no estamos pudiendo, sabiendo o queriendo manejar.

Un ejemplo claro de esto es nuestra interacción verbal en consulta. Cuando queremos que el usuario elimine cierto tipo de discurso (p. ej., discurso de queja continuo que no lleva a soluciones) y lo que hacemos es “reestructurar” (debatir) esas quejas, prestándoles toda nuestra atención, en lugar de desviar nuestra atención hacia otros temas.

Cuando hablamos de extinción operante nos referimos al procedimiento mediante el cual una respuesta operante que estaba siendo reforzada deja de estarlo, de manera que dicha respuesta operante reduce su frecuencia hasta su desaparición.

Y esto mismo tendremos que explicar a nuestros usuarios. Cómo a veces mediante sus explicaciones, sus enfados, su atención, su “entrar al trapo”, su acabar cediendo… están reforzando en lugar de extinguiendo. Algo que encontraremos con frecuencia en demandas infantiles, pero también en problemas de pareja o de relaciones sociales (recordemos que la practicar la asertividad implica en muchos casos estrategias de extinción) o incluso en la forma en que nos tratamos o en que “dialogamos con nosotros mismos”.

En segundo lugar, otro típico error es el que mencionábamos anteriormente: intentamos extinguir pero nos quedamos a medias y al final acabamos instaurando un programa de reforzamiento variable. Esto es lo que sucede cuando cedemos ante la insistencia de la otra persona o cuando somos poco constantes o consistentes. Por eso, tener las cosas claras es un perrequisito importante a la hora de extinguir o de pautar a otra persona una extinción. Identificaremos la respuesta a extinguir, o mejor dicho todas las morfologías de respuesta que puedan estar cumpliendo esa función, y nos comprometeremos a hacerlo de manera sistemática, no solo cuando nos apetece o cuando estamos con energías o cuando no nos “tocan la fibra sensible”. Si no estamos dispuestos, nos da pereza o no nos sentimos capaces de hacerlo de este modo quizás sea mejor aplazar o considerar otras estrategias.

Uno de los errores más preocupantes consiste en no anticipar nosotros mismos o no anticiparle a la persona a quien pautamos la extinción el estallido de respuesta que comentábamos anteriormente. Cuando estamos hablando de respuestas poco instauradas o de baja intensidad quizás sea menos problemático, pero muchas veces tendremos que aplicar extinción a respuestas que ya están siendo problemáticas en su forma actual, con lo que puede ser bastante desagradable (e incluso peligroso) enfrentarnos al pico de respuesta. Y tenemos que contemplar esto a priori. Anticipemos qué puede pasar cuando se produzca el estallido: ¿aparecerán conductas agresivas?, ¿cómo las podremos manejar o qué metidas tomar para protegernos si su intensidad fuera elevada?, ¿aparecerán verbalizaciones que me harán sentir culpable por mis respuestas asertivas?, ¿puede la persona sometida a extinción llegar a hacerse daño a sí misma? Las respuestas a estas preguntas dependerán del caso particular y de su gravedad, pero recordemos que es esperable aumento en intensidad y cambios en morfología (aparecerán respuestas que no se estaban presentando antes pero con la misma función) incluyendo posibles respuestas agresivas. 

Anticipar esto servirá, primero, para prepararnos y tomar aquellas medidas que puedan ser oportunas o necesarias para garantizar la seguridad de los implicados (insisto: esto en casos más graves, generalmente no tiene por qué llegar “la sangre al río”, pero sigue siendo importante tenerlo presente). Servirá también para ajustar nuestras expectativas, pues de lo contrario la interpretación que hagamos puede ser “esto no está funcionando”, con lo cual desistiremos en el peor momento (es decir, reforzaremos diferencialmente una respuesta aún más intensa que la que queríamos extinguir y la situación empeorará). Y será menos probable que nos animemos a aplicar este procedimiento en el futuro, pues no solo ha aumentado su coste de respuesta (porque la respuesta ahora es más intensa o tiene una morfología más desagradable) sino que tendremos muy poca confianza en que funcione (más bien al revés: ¡ha empeorado las cosas!) e incluso nos dará miedo volver a aplicarla. Por ello, no contemplar el estallido de respuesta cuando aplicamos una extinción se puede considerar una negligencia.

De manera semejante, otro error frecuente consiste en no anticipar el fenómeno de recuperación espontánea. Aquí el problema es similar aunque aparentemente menos grave: cuando reaparezca la respuesta que creíamos que ya estaba extinguida, podemos pensar “no ha funcionado”, “ha sido todo un espejismo”, “la terapia ha funcionado como un parche pero el problema sigue ahí latente”… Y este tipo de atribuciones serán la diferencia entre una caída (esperable y normal, fruto del proceso de aprendizaje) y una recaída (interpretamos esa caída como una ausencia de cambio e incluso de posibilidad de cambio con lo que volvemos a la casilla de salida pero esta vez mucho más desanimados y con menos ganas de intentarlo de nuevo). Por ello, tener en cuenta este fenómeno es una de las claves de una buena consolidación terapéutica. 

A los analistas de conducta nos encanta ser eficaces y eficientes y parece que cuando vemos que la demanda se resuelve nos entran las prisas por dar el alta y, con frecuencia, olvidamos la importancia de esta fase de consolidación, en la que es esperable que resurjan, de manera espontánea o ante diferentes discriminativos naturales, las respuestas que hemos estado trabajando. Sigamos acompañando a la persona, aunque sea de manera más espaciada y desvaneciendo nuestra guía para que se enfrente a estos nuevos desafíos. Así comprobará que consigue enfrentarlos con mayor autonomía porque ya conoce los procedimientos. Que no le pille por sorpresa es esencial para un mantenimiento de los progresos a largo plazo. Lo contrario es “pan para hoy y hambre para mañana”, pues cuando las personas perciben que todo su esfuerzo involucrándose en una terapia se queda en “agua de borrajas” no suelen tener mucha motivación para retomar el proceso de nuevo.

Tener muy claros los fundamentos de los procesos psicológicos básicos que aplicamos es esencial para nuestro trabajo como psicólogos aplicados.

Por último, pero quizás lo más importante, el error que no podemos permitirnos cometer es no tener bien identificado el análisis funcional del caso. Ya hemos explicado que nos referíamos aquí a extinción operante. Por tanto, lo primero que tenemos que tener claro es que la respuesta que queremos extinguir es una respuesta operante, es decir, una respuesta que el organismo emite ante cierto/s discriminativo/s que le señalan la disponibilidad de un reforzador. Pero no todas las respuestas que emite el organismo son operantes. Por ejemplo, la persona puede estar experimentando ciertas reacciones emocionales que no son sino respuestas condicionadas ante ciertas circunstancias. Por ejemplo, el llanto en una situación de duelo. No siempre va a ser sencillo delimitar la naturaleza clásica u operante de la respuesta, de hecho ambos procedimientos coexisten intrincados, pero si la respuesta es de tipo condicionado, extinguirla operantemente será inútil e incluso contraproducente. Tendremos que valorar cuál es el curso de acción más adecuado en este caso, algo que excede mi objetivo aquí.

Del mismo modo, incluso si hemos determinado que la respuesta se mantiene por mecanismos operantes, podemos equivocarnos fácilmente con respecto al reforzador que la mantiene. Por ejemplo, puedo pensar que la respuesta de discutir con mi pareja se mantiene porque desahogo mi malestar durante el día o porque capto su atención, cuando quizás el reforzador sea que mi pareja se muestra más complaciente y cede a mis exigencias cuando discutimos. No siempre acertaremos con nuestro análisis funcional a la primera, ya que en consulta no tenemos control experimental. Pero precisamente por eso es importante que tengamos claras cuáles son las hipótesis funcionales de las que partimos antes de aplicar cualquier procedimiento y que observemos los cambios para ver si nuestras estrategias surten los efectos esperados (con todo lo que hemos anticipado) o si, por el contrario, parece que hemos “errado el tiro” y que tenemos que plantearnos nuevas hipótesis funcionales.

Y, por supuesto, se extinguen las respuestas, no a las personas. Extinguir no es sinónimo de ignorar o de hacer el vacío a alguien. No se trata de retirar toda nuestra atención o cualquier tipo de privilegio o estimulación apetitiva de la persona de manera generalizada e indiscriminada (porque el procedimiento de extinción no debería usarse como excusa para maltratar). Extinguir consiste concretamente en identificar qué reforzadores específicos son los que mantienen una respuesta operante concreta (que pueden ser o no nuestra atención) y eliminar esa relación de contingencia, simple y llanamente.

Espero que este repaso os sirva para estar “ojo avizor” con el uso de este procedimiento, que no por básico o aparentemente sencillo está exento de dificultades. Dificultades que pueden estropear un caso en consulta, o una relación personal, pero que también pueden llevar a situaciones de riesgo para la seguridad y la salud de los implicados, a aumentar el problema inicial en vez de resolverlo o a cargarnos la relación terapéutica o la confianza que la persona ha depositado en la intervención psicológica. Y sobre todo, espero que esto sirva de recordatorio sobre cómo tener muy claros los fundamentos de los procesos psicológicos básicos que aplicamos es esencial para nuestro trabajo como psicólogos aplicados. No puede y no debe entenderse esto sin aquello a riesgo de incurrir en mala praxis.

REFERENCIAS

Martin, G. y Pear, J. (2008). Reducir la conducta mediante extinción. En G. Martin y J. Pear (Ed.), Modificación de conducta: qué es y cómo aplicarla (8.ª ed., pp. 63-76). Pearson Prentice Hall.

Autora:

24/08/2021

Irene Fernández Pinto

Soy psicóloga especializada en Metodología y en Análisis de conducta. Actualmente ejerzo como psicóloga con habilitación sanitaria en Libertia Psicología, clínica que dirijo.