La intervención infanto-juvenil: qué es lo que la hace diferente

La intervención infanto-juvenil es un término que abarca el abordaje de problemas psicológicos en niños y adolescentes entre los 0 y 18 años. 

Bien conocido es el Análisis Funcional de la Conducta, la herramienta que utilizamos los psicólogos para entender cómo se mantiene el problema del consultante y poder intervenir con las técnicas que se derivan directamente de éste. Esta herramienta también es fundamental en este tipo de intervención, pero hay una serie de características generales que hacen fundamental tener otros aspectos en cuenta a la hora de abordar el caso de un menor.

1. La persona que pide la consulta no coincide con el consultante

En la mayoría de los casos, sobre todo con los niños más pequeños, son los padres (a veces incluso profesores) quiénes piden la consulta. Esto implica que hay que hacer un doble abordaje: por un lado, enseñar nociones básicas de modificación de conducta a los progenitores para que puedan aplicar los refuerzos y castigos contingentes a las conductas de su hijo y así lograr su mejor adaptación. En este primer caso, los padres pasarían a tener un papel de co-terapeutas.

Y, por el otro, intervenir en la conducta de queja de los propios padres. Es habitual que sean estos mismos los mantenedores de las conductas desadaptativas de sus hijos sin ser conscientes de ello. Hay que tener especial cuidado en este segundo caso y no transmitir la idea de que son los “culpables” de la problemática de su hijo, lo cuál podría deteriorar la relación terapéutica que se estaba empezando a construir. Aquí también sería necesario explicar nociones de aprendizaje básicas. Esta vez no para modificar la conducta del niño, si no la propia conducta de los padres. 

Veamos un ejemplo: un niño monta una rabieta porque quiere recibir atención y sus padres reaccionan regañándole. Esa propia regañina implica darle atención al niño, por lo que los padres obtienen el efecto contrario al que esperaban: es más probable que el niño vuelva a montar una rabieta en el futuro al haber sido reforzada con la atención que se le ha concedido. Con este pequeño caso se aprecia como al hacer un análisis funcional de las rabietas del niño, lo que hay que modificar es la conducta de los padres: no concederle la atención al niño cuando monta la rabieta, es decir, aplicar una extinción a su conducta. Esto directamente hará cesar las rabietas sin que sea necesario hacer un abordaje cara a cara con el menor.

Hay que tener especial cuidado y no transmitir la idea de que los padres son los “culpables” de la problemática de su hijo, lo cuál podría deteriorar la relación terapéutica que se estaba empezando a construir.

2. Información de distintas fuentes

Conseguir información de distintas fuentes siempre incrementa la objetividad de la evaluación, pero es especialmente importante en la intervención infanto-juvenil. Habrá que examinar el comportamiento del niño/a en sus distintos contextos: escolar, familiar –si es necesario, en sus distintos núcleos familiares–, con los iguales, etc. Es habitual que esta información sea incongruente, pero esto no quiere decir que haya alguna información “falsa”. El consultante puede tener un comportamiento muy diferente en sus distintos contextos, como, por ejemplo, ser obediente en clase, pero insultar a los padres en casa. Habrá que examinar cuáles son las distintas contingencias ambientales que provocan ese desfase en la adaptación a los distintos contextos. 

3. La observación en consulta

La utilización de autorregistros en la terapia de conducta es indispensable para poder conseguir información sobre las conductas encubiertas del individuo. Con los niños pequeños esto se torna complicado: pueden no tener esa capacidad de introspección y no poder darnos la información que necesitamos sobre los antecedentes y consecuentes de su conducta. Por tanto, la observación en consulta constituye una técnica de evaluación fundamental y la fuente de información más fiable.

4. Distintos problemas psicológicos

Las categorías que utilizamos para clasificar los problemas psicológicos son aún más inútiles a la hora de intervenir con niños. La topografía de estas conductas problemáticas varía considerablemente comparada con la de los adultos, siendo especialmente importante deshacerse de estas etiquetas heurísticas –aunque a veces sea complicado– para centrarnos en averiguar la función de la conducta. Un caso habitual es como las conductas depresivas se manifiestan en los niños con más frecuencia en forma de irritabilidad más que de tristeza.

También, hay que tener en cuenta que la prevalencia de los problemas psicológicos de los niños depende directamente de lo que resulte significativo para los adultos, ya que estos son los que solicitan la consulta. Por ende, hay un aumento significativo de consultas por problemas de conducta en el colegio o en el hogar, pero una posible reducción de asistencia a problemas relacionados con su conducta emocional que pueden estar pasando desapercibidos. Habría que lograr unas nociones básicas de psicología en la sociedad para que los padres fuesen conscientes de los signos que pudiesen estar indicando un posible malestar psicológico en sus hijos.

¿Qué es eficaz?

A ninguno nos va a extrañar que las técnicas que más eficacia arrojan en la intervención infanto-juvenil son las basadas en la terapia de conducta. Ya se ha comentado anteriormente que la forma habitual de terapia suele implicar enseñar pautas de modificación de conducta a los padres para que las apliquen con sus hijos directamente en su ambiente natural. 

Pero, si se quiere trabajar en consulta, el profesional tiene que ser creativo para conseguir crear un ambiente agradable y cómodo para el niño, donde éste pueda trabajar activamente. Un método habitual para hacer una adaptación más acorde con su edad es la utilización del juego (cuidado: no confundir con la terapia de juego que se hace desde otras perspectivas psicológicas acientíficas). El juego puede servir para moldear una conducta, realizar una desensibilización sistemática, una extinción, un desvanecimiento… Cualquier técnica puede ser potencialmente adaptada a un juego que resulte llamativo a un niño. Solo hace falta echarle un poco de imaginación.

Por ejemplo, cuando estuve haciendo las prácticas en un Centro de Salud Mental Infanto-Juvenil tuve la oportunidad de jugar al UNO con la psicóloga y el consultante para trabajar su impulsividad. Lo que hicimos fue jugar de forma demorada para practicar la espera de turno a través del moldeamiento: se reforzaban todas las conductas que se aproximaban al objetivo –echar la carta en su turno–, mientras que se corregían, mediante instrucciones, todas las ocasiones en las que el niño no lograba ese autocontrol.

Aunque pueda parecer inadmisible, el uso de técnicas y métodos de evaluación sin probada evidencia científica es algo que se da en este ámbito con relativa frecuencia. Los padres pueden no ser conocedores de qué se realiza en las consultas a solas con sus hijos, siendo muy importante encontrar desde un principio un profesional que se mueva desde un marco teórico científico a la hora de intervenir. La protección de los derechos de los menores debería incluir una atención psicológica de probada calidad que evite cualquier tipo de abuso.

La evaluación con el uso de dibujos pueda parecer atractiva y divertida para un niño, pero las técnicas proyectivas no han mostrado su eficacia en la evaluación debido a su interpretación subjetiva y su baja replicabilidad. Además, la teoría psicoanalítica sobre la que se asienta su interpretación es considerada una pseudoterapia. Así que, si te encuentras en una situación a la que están evaluando a un menor haciéndole dibujar un árbol, una casa y/o una persona, te deberían saltar las alarmas: ese profesional no está haciendo un trabajo de calidad. 

Para finalizar, es imprescindible reivindicar desde la Psicología una formación específica y completa en Intervención Infanto-Juvenil para todos los psicólogos clínicos y sanitarios. En nuestra responsabilidad está mejorar el bienestar de las personas, sin poder olvidarnos de las necesidades especiales que presentan los más pequeños. Y, desde luego, que esta sea una formación fundamentada en la práctica basada en la evidencia. 

La protección de los derechos de los menores debería incluir una atención psicológica de probada calidad que evite cualquier tipo de abuso.

Conclusión

Para finalizar, es imprescindible reivindicar desde la Psicología una formación específica y completa en Intervención Infanto-Juvenil para todos los psicólogos clínicos y sanitarios. En nuestra responsabilidad está mejorar el bienestar de las personas, sin poder olvidarnos de las necesidades especiales que presentan los más pequeños. Y, desde luego, que esta sea una formación fundamentada en la práctica basada en la evidencia. 

REFERENCIAS

Asociación para Proteger al Enfermo de Terapias Pseudocientíficas (APETP). Lista de terapias pseudocientíficas. APETP. Recuperado el 23 de abril de 2021 de https://www.apetp.com/index.php/lista-de-terapias-pseudocientificas/

Froxán, M.X. y Santacreu, J. (1999). Qué es un tratamiento psicológico. Biblioteca Nueva.

Knell, S. M. (2012). Terapia de Juego Cognitivo-Conductual. En C. E. Schaefer y M. E. Ortiz Salinas (Ed.), Fundamentos de la terapia del juego (pp. 313-326). El Manual Moderno. 

Labrador, F. J., Vallejo, M. A., Matellanes, M., Echeburúa, E., Bados, A. y Fernández-

Montalvo, J. (2003). La eficacia de los tratamientos psicológicos. Infocop, 84.

Autora:

27/04/2021

Elena Pastushenko Slautskaya

Es una estudiante de 4º de Psicología de la Universidad Autónoma de Madrid. Interesada en el Análisis Funcional de la Conducta y en la Modificación de Conducta. Actualmente está empezando a prepararse el examen PIR.

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